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Libro que recomiendo.

Isabel del Rio y su ensayo

Leer más en http://www.isabeldelrio.es

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Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

Salime al campo: vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,
mi báculo más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.

Francisco de Quevedo y Villegas vivió en el siglo XVII y no en nuestros días…, aunque parezca mentira.

Más sobre Martín Cid: http://www.martincid.com

Martin Cid y el amigo Quevedo

 

 

Martín Cid en Zaragoza.

Martín Cid en Zaragoza.

 

http://www.martincid.com

Isabel del Río con Martín Cid y Ariza

Yareah Madrid

Yareah Madrid (http://www.yareah.com ) es heredera de Yareah magazine, la revista de arte y literatura bilingüe que ahora se centra en la capital de España: eventos, lugares, ocio, presentaciones, galerías de arte, personajes… para que el lector pueda informarse y disfrutar.

Fundador: Martín Cid (http://www.martincid.com )

Directora: Isabel del Río (http://www.isabeldelrio.es )

Martín Cid

Siempre hay una letra escondida en cada película (si es una buena película…, ¡claro!).

Martín Cid

http://www.martincid.com

Cuéntame, Musa, la historia de un hombre de muchos senderos, que anduvo errante muy mucho después de Troya sagrada asolar. Con estas palabras comienza el poeta su relato. Cuéntame la historia de un hombre que lo tuvo todo y lo había perdido. Cuéntame la historia de los que siempre han existido en una ensoñación, de los que han perecido al pagar el divino precio de la trición, y de los que jamás existirán por estar vivos. Y miró Jacob al cielo y legiones de ángeles aparecieron: vio el príncipe Hal ante la corona real de su padre moribundo; Miró Jacob y vio a Yago enamorado, vio a Ofelia y a Hamlet vio, todos ellos poseídos por el mal de la actuación; miró al cielo y sobre aquella escalera divisó a los ángeles caídos, a cuya cabeza marchaban MacBeth y su mujer, con una manzana enroscada bajo el rostro; miró y en lo alto estaba Falstaff, en su trono fingido, siempre con su copa de vino en la mano., Demiurgo terreno de un mundo atrapado en la historia. Dime, dulce Musa, si se esconden tras el amanecer de Elsinore los duendes soñados en caracteres góticos, si esconde la locura a la tracición… O si ser habría significado haber perdido y no ser, haber olvidado…

Es William Shakespeare la gran escultura en un mundo de marionetas: las obras del genial autor sobrepasan las pretensiones iniciales de “obra de encargo” para convertirse en anatomías de sentimientos y personajes, narrados con hondo lirismo y cómica percepción. Nacido en la vieja Inglaterra de tiempos renovados, en aquella moderna Inglaterra de un nuevo teatro de descubrimientos escénicos y conquistas lingüísticas, muy cerca de los orígenes de la cultura, en una época en la que por fin se volvían a escribir libros…, fue Shakespeare el escritor que mejor comprendió el problema de llevar una corona, el autor al servicio del personaje siempre por encima de la obra, el hombre que ha convertido la tímida, convencional y refinada prosa del S. XV en la a veces poética y siempre penetrante lengua inglesa… No habla este primer gran autor moderno en la elegante e irónica lengua de Dickens, ni siquiera en la prosa maravillosa e imposible de Joyce, sino en el lenguaje de las musas homéricas, de los tiempos modernos, habla para todos y por todas las bocas y lenguajes, en parámetros universales de gran autor. No fueel creador del canon, sino su descubridor: más allá de la elegancia de sus palabras y de sus frases construidas con el sudor de sus personajes en un lenguaje olvidado, más allá de las propias historias relatadas…, en los por siempre vivos personajes, anclados en un tiempo determinado, reflejados en el espejo deformado de la mente humana. Son estos personajes los que dan vida a la obra de Shakespeare, los que aún nos maravillan, y mucho más allá del proselitismo militante de los textos de gramática inglesa. Shakespeare está más allá del texto, sobre la historia y sobre y para los personajes, en un mundo mítico de genios y adivinanzas: siguen vivos los Hamlet y Otelo, los mil Enriques y los Cinco Reyes, Falstaff y los duendes de El Sueño de una Noche de Verano, el tonto y juvenil Romeo, la tempestad desatada sobre los versos de un soneto… Sigue viva Desdémona, apagando su luz cada noche al abrigo de un teatro…

…En un mundo moderno dominado por las grandes estructuras y la deshumanización paulatina, en la Norteamérica de los grandes estudios y los pequeños talentos, de las películas sin historia y estrellas sin brillo, en la joven Norteamérica surgió un jovencito educado sobre las bases de la vieja Europa, criado con el maná de los textos del viejo dramaturgo en un desierto de cultura. Fue Orson Welles un talento demasiado denso para la frívola y desarraigada cultura de los Truman Capote, Scott Fitzgerald… los parajes violentos e inestables de Faulkner. Pero es también la tierra que importa talentos de Europa, que trae a grandes guionistas como Lubitsh o WIider,, que le concede a Stroheim la capacidad de hacer películas. En un país de contradicciones surge un “arte” de masas para todos, un “arte” que debe ser primeramente espectáculo para matrimonios con acné. Nace el cine para las masas y surgen los parámetros de los grandes estudios, nos enseñan qué debemos ver y qué historias nos deben hacer llorar. Nace Ciudadano Kane (1940), con sus novedosas propuestas escénicas y su pesimista visión de la Norteamérica moderna. Surge el Welles que mira constantemente al pasado y a la tradición, buscando una penitencia no compartida por el gran público. Muere el gran Orson Welles de Ciudadano Kane, de El Cuarto Mandamiento (1941-1942), el Welles del Variety y el esposo de Rita Hayworth… Ha nacido el Welles europeo, la eterna estrella en decadencia, el norteamericano más europeo.

Fue muy temprana la identificación del cineasta con el dramaturgo inglés, fue duradera ésta: MacBeth (1947-1948), Otelo (1949-1952), Campanadas a Medianoche (1964-1966). Pero además de estas adaptaciones directas, toda la filmografía de Welles está imbuida del espíritu shakespeariano: Desde un Charles Foster Kane (Ciudadano Kane), auténtica pintura de un Enrique V ahogado por el peso de la corona; un Hank Quinlan (Sed de Mal), decadente espejo del Yago conspirador, de un MacBeth condenado por el destino; hasta llegar al propio esperpento de Orson Welles (Fraude), espejo del tiempo y de la circunstancia, como el alegre, a veces fanfarrón y siempre encantador Jack Falstaff. Se puede respirar la esencia y caminar tras las huellas del espíritu del dramaturgo en todas y cada una de las películas del cineasta. Mucho se ha hablado sobre la escenografía recargada, la excéntrica puesta en escena, las angulaciones imposibles… Tras la elaborada y siempre elegante técnica cinematográfica wellesiana se esconde el espíritu de las tragedias de Shakespeare, de la comedia elegante y de los personajes condenados por tres brujas.

Son las adaptaciones de Welles consecuencia de la idiosincrasia inglesa más destilada. Rudas, con acentos irlandeses y norteamericanos, con la sinceridad con la que tan solo un extranjero puede permitirse mirar. Welles recrea en imágenes el mundo inédito de Shakespeare, bañándolo de planos con unidades complejas y autosuficientes (los célebres planos clausurados en sí mismos, herederos directos del expresionismo alemán). de metáforas fotográficas (las luces y sombras en el palacio y en los rostros del disoluto príncipe Hal y su real padre), de interpretaciones contrapuestas (esos acentos insultantemente irlandeses y norteamericanos, ese tono de gran teatro de John Gielgud), ágiles movimientos de cámara puramente cinematográficos y de recursos teatrales (en su día cosiderados poco menos, o poco más, que un insulto a la siempre auto-reivindicativa técnica de hacer películas).

Es celebrada la prosa de Shakespeare por maestros sexagenarios y por literatos de verbo fácil: Es celebrada la construcción formal en Welles por estudiantes de pedantería igualmente fácil. Pero llega el día en el que todos somos juzgados por el tiempo, y seguirá este juicio las mismas directrices que hicieron de Cervantes y Homero colosos y que convirtieron en tierra los nombres de mil hombres olvidados. Más allá de la brillantez escénica y del lirismo poético, de los homenajes póstumos y de las frases olvidadas en las citologías…, estamos ante las obras de dos artistas, dos nombres que han sabido elvarse por encima de la masiva mediocridad y han dotado a sus obras de la siempre necesaria auto-afirmación. Las adaptaciones de Welles no son meras transformaciones de texto en imagen., ni siquiera recreaciones de un mundo pasado ya imaginado, sino los verdaderos sueños de un espíritu libre tomando la inspiración del literato que más ha influido en la literatura moderna, creados los mitos para ser inmortales.

Fueron Welles y Shakespeare dos almas en contacto a través de un tiempo gobernado por el idioma inglés y las convenciones, las férreas reglas inglesas medievales y las tiránicas reglas de los estudios hollywoodienses. Separados por la técnica y los elementos, por el tiempo y la incierta circunstancia…, desafiando ambos al presente y al pasado, enmascarando el esplendor de su brisa. Brilló pálida la estrella de Welles para luego ser parcialmente eclipsada, brilló en la corte la estrella de Shakespeare eclipsando la historia…, enterrados en el Seôl en vida, brillarán en el Olimpo de las verdaderas estrellas los dos por siempre, nunca más, dijo el cuervo.

por Brancusi

Brancusi decía: “Durante todo una vida no he buscado más que la esencia del vuelo…El vuelo, ¡que felicidad!”.

Hacer de la piedra algo etéreo era la obsesión de Brancusi, la misma que la de aquellos hombres que a fines del Neolítico esculpían menhires.

¿Qué significados esconde la Prehistoria? A lo mejor no es tan difícil de averiguar si miramos en nuestra historia reciente.

Todos somos homos sapiens sapiens.